viernes, 25 de septiembre de 2015

m

Dos años después se me ha puesto la vida del revés. La casa de be que con tanto esmero había construido se encuentra ahora en un guardamuebles y sobreviviendo en rincones de otra casa de be a partes iguales.
Los jarrones en cajas de embalaje esperando alguna futura mudanza, las flores repartidas en alguna bolsa deslocalizada, la consola china acumulando polvo, y el sofá no quiero ni pensarlo.
La vida patas arriba, subiendo lo delicado, bueno, no, lo peligroso, bueno, no, mejor guardándolo. Porque m ha aprendido a gatear muy rápido, a agarrarse de lo primero que pilla para ponerse de pie muy rápido, a escupir la papilla sobre las paredes muy rápido. Todo a velocidad de la luz. La vida nueva, que empuja las jofainas viejas y las vajillas vintage. Y tú jugando una vez más al tetris con estanterías, mesas, sillas y sofás para que quepa todo en menos espacio y, sobre todo, para que haya suelo por el que arrastrar la barriga.
Casi ocho meses de nueva vida, de felicidad muy ñoña y alguna lágrima de no poder más de cansancio, de discusiones con M (esto de criar), de constantes cambios cuando todos recomiendan rutina, de no cambiar de bolso por no pensar.
Y esta, en definitiva, ha sido la causa principal de este parón. Ha habido otras antes, pero esta ha sido la principal, la más importante, la más grande, la que de verdad me ha puesto del revés como a un calcetín (sí, también ir con el calcetín al revés algún día).

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