lunes, 23 de abril de 2012

Libros libros libros libros

Más libros, por favor.
Tengo una biblioteca que se está yendo de viaje. Repartida por múltiples mudanzas. Habitando cajas y estantes de padres, hermanos y amigos. Recluida en trasteros propios y ajenos. Esperando pacientes, como sólo saben ser los libros, algún lugar maravilloso (como estos) al que por fin mudarse todos juntos.

Mientras tanto, hoy celebran su día. Ese día obsceno (y sí, casi pornográfico) en el que hacer con ellos lo que queramos. Como pedir a un escritor que nos estampe su firma en una primera página virginal; o pasearnos con cinco o seis bajo el brazo, o diez, o veinte, por la calle sin pudor; o colarnos en plena noche en las librerías a observarlos sin tapujos.
Hoy todo es un escándalo. Escritores hablando del espacio, filósofos contando flores, interioristas disertando palabras. Todo vale en la página impresa y también en la digital.
Disfrútalo. Y si tienes la suerte de que alguien te regala un libro, devuélvele una sonrisa.

¡Feliz Sant Jordi!

domingo, 22 de abril de 2012

Desde dónde te escribo

Desde donde te escribo me comen los papeles. Un día alguien me regala un cuento y ahí va; otro lo escribo yo, y ahí se queda; o se me ocurre una idea que no puede esperar a las teclas perezosas, y ahí también. Y los papeles se van acumulando, convirtiéndose en montón. Algunas veces, también aparecen libros que se hacen un hueco. Diccionarios, cuadernos, revistas, carpetas, algún apunte... Todos dándose codazos, encajándose al azar.
Pero hoy no. Porque hoy venías tú. Y los papeles se han guardado en los cajones, y han despejado el tablero para que puedas ver las cosas que en él habitan. 
Mi escritorio se ha ido construyendo solo, como sin darme cuenta. ¿Te acuerdas de este otoño de sol radiante? Nunca supe si fue el otoño que no venía o el verano que no se iba. Salí uno de esos días al campo, y sólo dos cosas me recordaban la estación: los colores y las hojas que iban cayendo, ellas sí, puntuales. Por aquellos días, había querido la casualidad que leyera esta manera de crear un ramo de rosas sin rosas, y que después de varios intentos, alguna hoja se convirtiera efectivamente en rosa, o en casi rosa.
(mi favorita)

Luego llegó el invierno, y con él los reyes magos, que me dejaron el poder de crear palabras.
Y el escritorio se fue haciendo poco a poco, sobre un tablero anodino de Ikea, y bajo una ventana con mucha luz. Tanta, tanta luz, que tuvimos que regularla con un estor. Un estor blanco que se convirtió en lienzo para una cara que desde entonces me espía por el rabillo del ojo, un poco sorprendida, cada vez que me siento a contarte algunas cosas.

Como tengo muy mala memoria, necesitaba un lugar en el que escribir las cosas importantes y colgar los papeles con las cosas bonitas. ¡Y encontré dos! Dos tableros a la puerta de mi casa, que esperaban convertirse en pizarra e imán gracias a las pinturas casi mágicas y maravillosas.




Y así se ha ido construyendo, casi sin darme cuenta, el espacio en el que me siento, tan a gusto, a esperar a las musas. Porque con ellas hay que estar alerta. Aparecen sin avisar, y más vale que te pillen tan contenta.



domingo, 15 de abril de 2012

Mi primer premio, chispas

Dice Silvia (de 'no me manches el suelo' – qué nombre tan genial!) que me concede un premio, y a mí me sienta como el sol. Gracias Silvia, por haberlo sacado de su escondite de detrás de las nubes.

miércoles, 11 de abril de 2012

Herencias


Son cosas como un lunar en la barbilla, o la mata de pelo que todos envidian, o puede que ese mal genio que te gastas a veces, o este amor por trabajar con las manos, camuflado toda tu vida bajo los libros. Puede ser cualquier cosa. Puede ser una caja. De madera, olvidada en el rincón en el ángulo oscuro, como el arpa. Con el tiempo parado dentro de ella, esperando que su dueño vuelva a abrirla al día siguiente. Pero el dueño no llega, y en su lugar pasa un nieto y comenta: “cuando la vea mi hermana, le va a encantar”. Y la hermana la ve, y le encanta. Y en seguida sabe cuál es el nuevo lugar en el que cobrará vida.

Sobre la mesa roja del otro abuelo que viste aquí, para que vuelvan a pasar un rato juntos, como cuando salían a pescar.

domingo, 8 de abril de 2012

Algo así como el juego de la botella


Sí, sé que nos conocemos desde hace poco tiempo, que sólo nos hemos tomado una cerveza juntos en la terraza, pero por esas cosas del alcohol, que provoca exaltación de la amistad y suelta la lengua... en fin, que una amiga reciente, Tocotón (de Espíritu Chamarilero), me ha invitado a jugar a algo así como el juego de la botella, que en realidad se llama “del once”, y no he podido rechazarlo. ¡Hacía tanto tiempo que la botella no se paraba delante de mí! Da un poco de pudor, pero, ¿quién dijo miedo? Ahí van mis once confesiones inconfesables
  1. Me embrujan las flores… del mal.
  2. Me mata la curiosidad por saber lo que tienes que contarme.
  3. Me fascina el proceso creativo.
  4. De pequeña quería ser escritora, neuróloga, astronauta…
  5. Soy meticulosa. Por eso, M me ha concedido el sillón de la tilde de la RAE, aunque abuso de las minúsculas cuando hay confianza.
  6. Presumo de ir a trabajar en bici.
  7. Tengo adicción al chai tea latte con leche de soja.
  8. A la vejez, me ha dado por el indie.
  9. También a la vejez, estoy descubriendo el placer de la pereza.
  10. Odio madrugar.
  11. Me encanta desayunar.
Sigamos con el juego. Ahora toca contestar a unas cuantas preguntas:
  1. Si ganaras un Oscar se lo dedicarías a… ¿Puedo cambiarlo por cualquier concursillo de pueblo? Son tantos los que participan en la vida de una, que me tendrían que quitar el micrófono.
  2. Te preocupa… que una mentira repetida muchas veces se convierta en verdad.
  3. Te hace feliz… que salga el sol.
  4. Nunca mais… preocupaciones de segunda clase.
  5. Eres de LK6 inmunitas o pasas de esas cosas. Paso. Dieta mediterránea.
  6. El viaje de tu vida. ¡Todos! ¡Me vale cualquier destino!
  7. De mayor quieres ser… una ancianita con muchas historias que aprender.
  8. La mejor época que has pasado. Hoy.
  9. El eslogan de tu vida. Tienes que hacer lo que TÚ quieras.
  10. Lo que más te gusta hacer en tu tiempo libre. Aprender: leer nuevos libros, tocar maderas desconocidas, pensar algo distinto, descubrir colores exóticos, asistir a una obra de otro teatro… La lista no tiene fin.
  11. Detestas… fregar los platos.

Esto ha sido como desnudarse. Creo que, incluso, me he puesto un poco colorada. Pero ahora viene lo mejor, saber más de ti, qué hay detrás de tantas fotos e ideas que me enseñas a diario, conocer de dónde nace tu motivación. Si te apetece pensar en ellas, aquí tienes algunas cuestiones para la reflexión:
  1. No soy capaz de…
  2. Pero se me da genial…
  3. Jamás olvidaré aquel día en que…
  4. Mi rincón favorito en casa es…
  5. No pararía de comer…
  6. La primera vez que recogí un mueble de la calle…
  7. No he podido acabar de leer el libro…
  8. ¿Campo o ciudad?
  9. ¿Orquídeas o amapolas?
  10. Nunca compraría…
  11. Recuerdo aquel olor de…

¡Atención! Voy a girar la botella. 



No, no te apartes, ¡te ha tocado! ¿Quieres acompañarme en este diálogo virtual? Estaré encantada de saber un poco más de ti, siempre si tú quieres, claro...

domingo, 1 de abril de 2012

La mesa de abuelito


Mi abuelo jugaba a la brisca conmigo cuando yo aún contaba con los dedos. Así le recuerdo, yo escondiendo las manos bajo la mesa, y él arrojando las cartas una a una sobre ella contando los tantos: “siete”, una carta, “y ocho, quince”, otra más... Y yo debajo de la mesa, dando vueltas a los números y a los dedos. Mi abuelo se reía de esa escuela en la que no nos enseñaban a contar de cabeza ni a arreglar un pinchazo de la rueda de la bici. Él, las cosas importantes, las había aprendido en la vida: a contar, a usar la navaja, a arreglar lo que se estropeaba.
No nos ponemos de acuerdo en si la mesa, que un día fue  blanca y yo la recuerdo azul, la hizo él, o sólo son suyos los arreglos que hemos ido acariciando al restaurarla. Lo que es seguro es que la mesa siempre estuvo allí, en casa, bailando de algún comedor a la cocina, de la cocina al patio, y de allí, vuelta a la cocina. Siempre estuvo así, danzando, y alguna vez a punto de convertirse en leña para la hoguera, si no hubiera sido por la nostalgia. ¡Menos mal que apareció la nostalgia!
Mi madre empezó a lijarla mucho antes de que yo la recordase. La decisión que a ella le faltó, me sobró a mi: roja. “Quiero la mesa de abuelito roja”. Y empezó la operación de transformación: unas cuantas revistas, algún  escaparate y un montón de blogs después, descubrí que el efecto envejecido que queríamos se conseguía con un craquelador. Usamos la trasera del cajón para nuestras pruebas: rojo sobre blanco, negro sobre rojo, rojo sobre gris. Rojo, rojo, rojo. Al final, rojo sobre nada.
¿Y el sobre? Mi madre lo había visto en una tienda: “tal cual, en madera”, una capa de cera incolora.


Tras el borrador, daba miedo ponerse con el lienzo, era nuestra primera vez, pero una tarde de verano, saqué las brochas y me dije “¡hoy!”. La herencia hizo el resto: el blanco saliendo bajo del rojo, los golpes marcados en las patas, los dibujos de algún cuchillo cortando el pan. Mi madre se asomaba por allí de vez en cuando, sonriendo y asintiendo con un orgullo casi inesperado.

Hace unos días vino a visitarme. “Si abuelito supiera dónde ha acabado la mesa en la que jugabais a las cartas…”.
Sonreí. Si supiera que, a veces, todavía uso los dedos para contarlas…




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